Si son malas, hay que aumentarlas ...

Debido al aumento internacional de los commodities agropecuarios, un grupo de economistas -ciertamente bastante ignorantes- proponen aumentar las retenciones para "cuidar la economía doméstica" (1)

No perderé tiempo nuevamente explicando lo nocivo de las retenciones. Simplemente los invito a leer un artículo mío que apareció originalmente en la revista “Políticamente incorrecto” en el año 2009. Como sólo existe la versión física (“en papel”) de la revista, me permito reproducirlo aquí.


El campo ¿perdió la batalla ideológica?

Si bien la política del gobierno, decididamente contraria al sector agropecuario, comenzó mucho tiempo antes, fue recién en marzo de 2008 -con la sanción de la resolución 125- cuando el conflicto estalló con fuerza.

A partir de ese momento, en declaraciones públicas de dirigentes del agro, o bien de políticos afines al sector, fue bastante frecuente escuchar aseveraciones tales como “… el actual nivel de las retenciones es excesivamente alto …”; “… las retenciones deben bajar …”; o bien “… es necesario tener un nivel de retenciones razonable …”.

Si bien son declaraciones –aparentemente- favorables al campo, no se está cuestionando el instrumento (las retenciones) sino sólo su “supuestamente alto” nivel. En esas declaraciones se esconde, entonces, un prejuicio ideológico -claramente contrario a los intereses del país- que se arrastra desde la época del primer gobierno peronista: que el campo debe subsidiar a la industria y a los servicios.

Las retenciones constituyen lisa y llanamente un impuesto a la exportación ineficiente, regresivo y altamente distorsivo. Por lo tanto, no existe un “nivel razonable” para las mismas, sino que directamente deberían desaparecer. El sector agropecuario que, por muy lejos, es el más competitivo y eficiente de la Argentina, y el que se encuentra en mejores condiciones de competir con el extranjero, es también, curiosamente, el más castigado.

Pero sería injusto que se acusara de esta situación únicamente al gobierno, también en la oposición hay muchos que comparten esa forma de pensar. Y ambos grupos cuentan con el soporte “académico” de una serie de economistas progresistas, proclives a la aplicación de retenciones, como por ejemplo las del nefasto “Plan Fénix” de la Universidad de Buenos Aires. A poco de analizar sus explicaciones se verá que son falaces. Las analizaremos a continuación.

Primera explicación: “ … la razón de ser de las retenciones es que el estado pueda apropiarse de parte de la ganancia extraordinaria del sector …”. Digamos en primer lugar que no existen las ganancias “extraordinarias”, sólo existen las ganancias “a secas”. Y ya hay un impuesto que las grava, que es, justamente, el impuesto a las ganancias. ¿O acaso, cuando un club de fútbol transfiere al exterior a uno de sus jugadores estrella en decenas de millones de dólares, a alguien se le ocurre aplicarle una retención a esas “ganancias extraordinarias”?

 Y si, en algún momento muy excepcional (como el que se observó inmediatamente después de la megadevaluación del 2002) el productor agropecuario hubiera tenido una ganancia que pudiera ser calificada como “extraordinaria”, el impuesto a las ganancias por sí sólo se habría podido encargar perfectamente de capturar esa renta. Es de destacar que, aún cuando en algún momento hubieran podido existir esas ganancias “extraordinarias”, al poco tiempo ya dejaron de serlo porque los precios de los granos, labores e insumos de la siguiente campaña acompañaron hacia arriba la suba del precio de los commodities. Y sin embargo, las retenciones, no sólo continuaron sino que se incrementaron.

El impuesto a las ganancias es progresivo, con lo cual permite discriminar entre la situación de un productor pequeño y de uno grande. Permite, además, contemplar la reinversión de utilidades, la amortización de los bienes de uso, el establecimiento de exenciones o deducciones, para el caso que se deseara promover alguna zona en particular o se deseara contemplar alguna situación climática excepcional. En fin, es infinitamente mejor que las retenciones.

Además, y a diferencia de las retenciones, el impuesto a las ganancias no desestimula la producción, porque, como es obvio, se aplica sólo cuando las ganancias existen. Con la existencia de retenciones, los productores se ven obligados a concentrarse en los cultivos más rentables, con lo cual la pretendida “sojización” es consecuencia y no causa de las mismas.

Sin embargo, a pesar de las evidentes ventajas del impuesto a las ganancias, en términos políticos adolece de un grave defecto: debe coparticiparse entre las provincias mientras que las retenciones no. ¿no será este el verdadero motivo detrás de las mismas?.

Segunda explicación: “ … introduce un tipo de cambio diferenciado que favorece un desarrollo armónico de agro e industria, transfiriendo al conjunto de la economía la ventaja comparativa agrícola …”. Es cierto que introduce un tipo de cambio diferenciado, pero “en contra de” el campo y no “a favor de” la industria. La “ventaja comparativa agrícola” es captada por el estado y utilizada para sostener su gasto altamente ineficiente y prebendario. Está demostrado hasta el hartazgo que la forma de promover la industria no es a través del establecimiento de tipos de cambio diferenciales sino promoviendo la inversión con reglas claras y estables, aumentando el crédito y bajando los impuestos distorsivos. Nada de esto se logra a través de las retenciones, sino todo lo contrario.

Tercera explicación: Las retenciones al agro favorecen “ … la apropiación social de la renta proveniente de recursos naturales …”. Este planteo retrógrado es ciertamente muy grave porque implica un desconocimiento absoluto del negocio agropecuario. No se puede tratar al agro con los mismos criterios que una pura actividad extractiva como la minería o el petróleo. En esos casos estamos ante recursos no renovables y es razonable que se quiera captar una parte de la renta a través de regalías. La renta de la actividad agropecuaria, por el contrario, no depende sólo del factor tierra. Es más, con las últimas innovaciones tecnológicas, el factor tierra no sólo no es el único sino que además casi ha dejado de ser el más importante. El increíble aumento de los rindes en las últimas décadas se debe al cambio en la forma de trabajar la tierra (como la siembra directa) así como a la incorporación de nuevas tecnologías, en algunos casos muy avanzadas (ingeniería genética, fertilizantes, plaguicidas, mapeos satelitales, etc.etc.) lo que implica que el negocio agrícola de hoy en día requiera disponer y arriesgar de un nivel de capital muy importante.

Ese es el motivo detrás del auge de los arrendamientos agrícolas de los últimos años. La falta de capital suficiente por parte de los pequeños y medianos productores, para poder encarar el negocio en forma rentable con estas nuevas reglas de juego. Sin embargo, eso no fue obstáculo para el crecimiento de la producción, sino todo lo contrario. La creciente utilización de nuevos instrumentos jurídico-financieros, tales como los fideicomisos financieros y los llamados pooles de siembra, posibilitó la asociación de dueños de la tierra, productores, contratistas e inversores, que pudieron así encarar el negocio en forma conjunta. Y posibilitó, además, que una parte importante del capital que antiguamente se destinaba sólo a inversiones de tipo especulativo, se vuelque ahora al negocio agrícola.

Las retenciones, al reducir severamente el precio final al que pueden acceder los productores, limitaron las ganancias en forma indiscriminada lo que terminará –lamentablemente- destruyendo este círculo virtuoso.

Además, provocaron necesariamente la virtual desaparición de los emprendimientos más pequeños y favorecieron así la concentración de los negocios. De este modo, en vez de luchar contra la concentración económica –latiguillo infaltable en todo discurso político oficialista- el gobierno termina alentando un modelo que logra exactamente lo contrario. Cosa que no nos sorprende. Desde hace mucho tiempo el gobierno nos tiene acostumbrados a hacer exactamente lo contrario de lo que necesita nuestro país.

Por lo tanto, es necesario terminar con ambigüedades y decir las cosas claramente. La “defensa de la mesa de los argentinos” fue una mentira de patas muy cortas. Las retenciones no se pensaron para eso, sino para sostener el creciente gasto improductivo del gobierno (el déficit de Aerolíneas Argentinas, el “fútbol para todos” y una larguísima lista que el lector seguramente conoce a la perfección). No hay país desarrollado o en vías de serlo que las tenga. Las retenciones no deben bajar, sino que deben desaparecer. Los dirigentes del campo deben explicar los motivos para ello y pedirlo así, claramente. Si no lo hacen, correran el riesgo de perder la batalla ideológica.

(1)
https://news.agrofy.com.ar/noticia/191598/serie-economistas-proponen-mayores-retenciones-cuidar-economia-domestica

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