Desgracias y maldiciones económicas

Recientemente, la legisladora oficialista Fernanda Vallejos, refiriéndose a la suba de precios internacionales de las commodities, sostuvo que la Argentina “tiene la maldición de exportar alimentos” ([1]). Agregó además que la posibilidad del país de vender alimentos al exterior “… es una desgracia, que a veces se piensa que es una bendición …”. Muchos ya se han encargado de demostrar la supina ignorancia de Vallejos. Algunos -con quienes coincido- twittearon que en realidad nuestra verdadera desgracia es tener legisladores tan ignorantes. Otros se tomaron el trabajo de refutarla con artículos más extensos ([2]).

La legisladora Vallejos es, según informa wikipedia ([3]), economista egresada de la facultad de Ciencias Económicas de la UBA y posee además una maestría en Historia Económica y una maestría en Políticas Económicas de la misma facultad. Lo que lleva a reflexionar acerca de cuales podrán ser los motivos por los cuales una casa de estudios tan prestigiosa pueda tener egresados tan ignorantes. ¿será ignorancia o será mala fe?

De todos modos, sería un error cargar las tintas en la carrera de economista de la UBA. Otros economistas de otras universidades, inclusive del exterior, piensan parecido a Vallejos. Es el caso del actual ministro de economía Martín Guzman, licenciado en economía de la UNLP y posdoctorado en la Universidad de Columbia. Recientemente ([4]) Guzman reconoció que el aumento de precios de los commodities es positivo para un sector de la economía, pero sostuvo que “… (lo que en principio debería ser positivo) … termina siendo regresivo, porque el resto de la sociedad termina enfrentando precios más altos para todo lo que está asociado a esos commodities …". O sea, si bien está dicho en forma menos evidente y más elegante, termina diciendo lo mismo que Vallejos. Con lo cual podemos volver a hacernos la pregunta ¿es ignorancia o mala fe?

El artículo sigue diciendo “… A modo de ejemplo, Guzmán explicó que los bruscos incrementos en las carnes durante diciembre (del 15% según el promedio nacional de la medición del INDEC), respondieron en parte a la suba internacional del maíz, utilizado para alimentar a los animales …”. A quienes adhieren a un enfoque estructuralista de la inflación, les recuerdo que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno estrictamente monetario. En el caso que plantea el ministro, ello podría ser cierto, pero sólo en el caso de la producción en feedlot, no debiendo afectar la producción “a campo”. Además, por mayor que haya sido la suba del precio del maíz, no podría trasladarse a los precios de la carne tan fácilmente de no existir abundante emisión de moneda en exceso -como en estos momentos- que “facilite” esa transmición.

La década del ’90, durante el período que rigió la ley de convertibilidad, nos brinda innumerables ejemplos para probar que esto es así. Vayan un par de ejemplos. Entre octubre ’94 y mayo ’96 el precio internacional del maíz creció un 140%. Sin embargo, en ese mismo período, el precio de la carne creció menos del 4%. Como se ve, no hubo traslado de precios del maíz a la carne.

Otro ejemplo. Entre julio ‘96 y julio ‘98 el precio de la carne (medido a través del “índice novillo terminado del mercado de Liniers”) creció nada menos que un 95%. Sin embargo, la inflación de esos años fue: 1996: 0.1% anual; 1997: 0.3% anual y 1998: 0.7% anual.

Que no exista inflación, como sucedía en los años de la convertibilidad, no implica que no vayan a existir movimientos en los precios, inclusive muy importantes como en el caso recien visto de la carne. Sin embargo, no afectan a la inflación en general porque al no existir circulante en exceso, el público tiene una real noción de “cual” debe ser el precio justo de los productos y si uno producto determinado se encarece, apela a productos sustitutos. Nada de eso es posible en un contexto de inflación anual del 50%. Se pierde total noción de los precios.

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